

Quedando atrás Bolivia, el paso fronterizo de Pocitos fue accesible. Se revisa el equipaje en esos escaners que se ven en los aeropuertos, se sella la salida de Bolivia y el ingreso a Argentina. Es una aduana binacional, asi que por suerte no hay que caminar demasiado. Sólo restaba la revisión del auto, me toca el turno y cuando voy a darle arranque, el Perlita se declara agotado. No había forma, en realidad, no tenía forma. Porque sabemos, yo sé tanto de mecánica como Utilísima Satelital. Ante lo irremediable, apelé a lo irracional… le hablé al noble Perla… “no me dejes ahora, mirá cuanto viajamos… un poquito más y ya estamos en Argentina”, voy a comprarme agua, agrego aceite al auto, le agrego agua también. Doy arranque y nada… Le recrimino que gasté la plata de mi cena y aún así no quería encender… Minutos después y sin mediar más palabras que un “vamos por favor”, el auto arranca. Se lo agradecí y minutos después, previa “chapeada” de mi condición de “Asesor Político en la Embajada…”, tenía lista la alfombra roja de ingreso a, el que dicen, mi país. El trámite me demoró 1 hora. Pero seguía muy retrasado por aquella malograda vuelta de Cochabamba a Santa Cruz de la Sierra. Esa mala ruta me había hecho vaciar el tanque y retrasado mediodía de viaje.
Ya en Salta un control de Gendarmería me detiene, llaman al perro y empiezan a revisar de punta a punta mi mugriento auto, de buen humor, consulto que hace el perro cuando detecta drogas: ¿llama a sus amigos?, y entre carcajadas, me responden: “no, rasca el lugar, desesperado”. Y cierro con un “ah, pensé que sería más divertido”. Empieza el cuestionario y vuelvo a chapear mi relación de dependencia laboral, a lo que me extienden un informe detallado de la revisión, para “no ser molestado” en otras dependencias de Gendarmería. Agradezco y me voy con rumbo a Salta. Con unos pesitos en mano decido parar a comer, pero me fui de mambo y di una panzada con pizza, helado y gaseosa. Ya pesado y remolón, pagué los 3 pesitos y me pegué un baño en una YPF llena de camioneros. Ni jabón tenía (me lo olvidé en Perú, en Aguas Calientes), Pero improvisé uno con cachitos de jabón y mucho shampoo. Fresco pero con la misma ropa sucia, me recuesto a dormir en el auto y despertar al día siguiente. Continúo viaje hasta Salta, sumamente coqueta, exalta la figura del eterno Güemes, y allí recuerdo a Jujuy.. Jujuy resaltaba al aborigen, Salta resalta al caudillo. No se porqué, pero Jujuy sumó un puntito que no había prestado atención. Para no generar discordias, mis honores (que igual son pocos) al noble Güemes también. Salta es una ciudad grande, pintoresca y que quiere olvidar sus costumbres para dar paso a ser una metrópoli turística pero no necesariamente por su condición telúrica, sino por sus restaurantes especializados y turismo “deportivo”, en cierta medida, el “turismo autóctono” en Salta va perdiendo su vitalidad, o por lo menos, la ciudad no está interesada en exponerlo en toda su magnitud. Si no estuvieran las montañas de fondo, Salta puede estar en cualquier lugar. De a poco se va despojando de algunas características coloniales que eran indisolubles a mi imagen de Salta antes de conocerla. Costó, pero conseguí algunos obsequios para traer a Buenos Aires. Dejando Salta, la muy linda atrás, llegó el momento de llenar el tanque del Perla, pero me encuentro que por ser temporada de cosecha el Diesel es un bien escaso. Sin más alternativa, termino cargando combustible “Premium”, y ahí el raquítico poder económico se venció y pedí asistencia a mamá para que me envíen un depósito vía Western Union a la ciudad más próxima. Esta era Santiago del Estero.
Santiago fue la primera ciudad argentina, bautizada Madre de Ciudades, se nos presenta ordenada, pequeña, y plagada de motos como Vietnam. Su mejor característica es que no hay forma de encontrarle la vuelta a la “onda verde” de los semáforos. Increíble, en todas las esquinas hay que frenar. Bueno, ya en la capital me dirijo al único Western Union abierto el sábado por la tarde, confirmado el depósito que garantizaba mi llegada a Buenos Aires, me encuentro que el sistema se había “caído” y que no había forma de conseguir mi dinero, ante mi insistencia de realizar el trámite telefónicamente, baja de los cielos el Gerente del Supermercado Chango Más, y me indica que allí hay procedimientos, y que hacer el trámite por teléfono, no era uno de ellos. Por mi parte, insisto en que llamen por teléfono a WU, que era WU y no el número de mi casa. Pero el Gerente se mantiene impávido y reitera eso de los “procedimientos”. Abatido, le doy la mano y me retiro, pero pinchándolo, le digo que sólo quería la plata para poder bañarme, que desde Puno, Perú, no tomaba un baño como correspondía, que quería usar ropa limpia. Pero bueno, me fui derrotado. Compré una hamburguesa riquísima por seis pesos y de casualidad vi en el GPS que Santiago del Estero tenía un río que la atraviesa, sin más, fui a la costanera e intenté dormir en el auto. Sin embargo la sed me despertó y recurrí a un cúmulo de monedas que tengo en el auto, reservadas para casos extremos. Minutos después, estaba atragantándome de agua helada. Que felicidad!, ya no me importaba la tierra, estar varado en Santiago. Sólo me importó tender la toalla en la vera del río y dormir fresquito. Me desterpé tipo 4am, y fui a recostarme en el auto. 8:01 estaba en la puerta del supermercado para ver si había sistema. Me informan que WU operaba desde las 9. Asi que tomé esa hora para lavar el auto. 9.00001 estaba nuevamente en WU y como 15 minutos después tenía mi plata en mano.
Vine directo a Buenos Aires, llegué 20.45 y considerando el retraso que me generó una lluvia a baldazos desde mi salida de Santiago hasta casi llegando a Rosario. El viaje se iba terminando y se sumaban casi 9500 kilómetros. Ya les escribo desde mi escritorio, bañado, con uñas limpias y cortitas. El viaje me regaló 6 kilos menos y un bigote que es una vergüenza, lo único positivo es que pareciera un homenaje al increíble Cantinflas. Mañana se cierra el relato con el abrazo de mamá , papá y la silenciosa presencia de Elbio, que no dijo nada, pero prestó atención a todos mis relatos. En la semana iré subiendo las fotos a las respectivas notas que escribí. Y seguramente realice alguna conclusión del viaje. Ahora a dormir que mañana vuelvo a trabajar.






